Largas filas para sumergirse en un viaje al pasado por las calles de Caballito.

Recorrida en el Tranvía Histórico del barrio porteño de Caballito el 28 de Septiembre de 2025. Foto/Antonio Becerra.

En la esquina porteña de Emilio Mitre y José Bonifacio, el tiempo parece haberse detenido, o al menos, haber retrocedido un par de décadas. Una larga fila de espectadores, compuesta por una mezcla heterogénea de vecinos del barrio, familias de distintas partes del conurbano y turistas extranjeros, aguarda con una mezcla de curiosidad y paciencia. Todos tienen la mirada fija en los rieles. De pronto, el sonido metálico inconfundible rasga la mañana de Caballito: es el coche número 652, popularmente conocido como el “Anglo”, que hace su entrada triunfal.

El murmullo generalizado se transforma rápidamente en aplausos. Para los adultos mayores es un reencuentro emotivo con su juventud; para los más chicos, es la oportunidad de subirse a un gigante de chapa y madera que hasta ahora solo existía en los relatos familiares o en los libros de historia.

Los guardianes de la memoria sobre rieles

Este museo rodante no es producto de la magia, sino del esfuerzo incansable de la Asociación Amigos del Tranvía (AAT). Fundada hace casi medio siglo, esta organización sin fines de lucro se propuso una misión titánica: recuperar, restaurar y devolver a las calles el patrimonio tranviario argentino.

Antes de que el guarda dé la señal de partida, la voz de Raúl Bernater, guía turístico y miembro de la AAT, pone a los pasajeros en sintonía. Su pasión por estos fierros se nota en cada palabra.

“Bienvenidos al Tramway Histórico de Buenos Aires. Es una creación de la Asociación Amigos del Tranvía, fundada hace casi 50 años con el propósito de recuperar el patrimonio tranviario argentino. Trabajamos por la vuelta del tranvía como medio de transporte público. Desde hace casi 45 años que de forma ininterrumpida, salvo en la época de la cuarentena, que solo los fines de semana y feriados realizamos estos paseos por las calles de Caballito”.

Todos en la asociación trabajan de manera ad honorem. Son mecánicos, historiadores y entusiastas que pasan sus horas libres en los talleres, reviviendo máquinas que tuvieron su época dorada en el siglo XX. El «Anglo», por ejemplo, comparte edad con un ícono nacional: tiene 98 años, exactamente los mismos que Mirtha Legrand. Fue presentado en sociedad, ya restaurado, el 26 de noviembre de 1983 y es el «porteñazo» que más kilómetros ha recorrido en este circuito turístico.

A bordo de la máquina del tiempo

El recorrido abarca unos dos kilómetros exactos a través de las calles Emilio Mitre, Rivadavia, Hortiguera y Directorio. La duración no supera los 25 minutos, pero cada segundo cuenta. Adentro del habitáculo, con capacidad para unas 30 personas, el maquinista oficia de anfitrión.

El interior es una cápsula de época: asientos de madera impecablemente pulidos, pasamanos de cuero, ventanillas amplias y publicidades antiguas que decoran la parte superior

De tracción a sangre al apogeo eléctrico: la historia del tranvía porteño

La historia de los tranvías en Buenos Aires es también la historia del desarrollo de la Ciudad. Según los archivos que resguarda la AAT, todo comenzó hacia 1870. En aquel entonces, los coches eran tirados por caballos y su función principal era estratégica: conectar las grandes terminales ferroviarias de Retiro y Constitución con el casco céntrico y la Plaza de Mayo.

Eran operados por las mismas empresas de ferrocarriles, facilitando que el pasajero que llegaba del interior o los suburbios no tuviera que sufrir para llegar a su trabajo en el centro. El sistema funcionó a tracción a sangre durante dos décadas, hasta que en 1890 hizo su aparición estelar el tranvía eléctrico.

Como toda innovación disruptiva, el inicio no fue fácil. La electricidad era un misterio tecnológico que generaba desconfianza y terror; muchos porteños creían que morirían electrocutados si tocaban el coche. Sin embargo, la eficiencia derribó el mito: los nuevos tranvías eran mucho más rápidos y tenían mayor capacidad. Las viejas compañías a caballo tuvieron que modernizarse rápidamente para no quebrar.

El esplendor llegó entre las décadas de 1920 y 1930. Para 1920, Buenos Aires contaba con 900 kilómetros de vías y cerca de 4.000 coches circulando. Para 1937, la red era una telaraña inmensa que dominaba el centro porteño. La versatilidad del sistema era tal que no sólo transportaba pasajeros. Las crónicas de la época recuerdan:

  • Tranvías carteros y de encomiendas.
  • Tranvías carniceros (para abastecer mercados).
  • Tranvías fúnebres.
  • Tranvías cerveceros.

El final de una era y el contraste mundial

El declive comenzó promediando 1950, de la mano del asfalto y la llegada de los primeros ómnibus importados desde Estados Unidos. El transporte automotor prometía mayor flexibilidad y las vías comenzaron a ser levantadas o tapadas. El servicio, que había sido estatizado, fue languideciendo hasta que en 1962 circularon las últimas líneas comerciales regulares en la Ciudad.

Hoy, mientras Buenos Aires recuerda a sus tranvías en un formato de museo vivo gracias a la AAT, el resto del mundo cuenta una historia diferente.

“Hoy en el mundo hay más de 500 ciudades con sistema tranviario de última generación, son tranvías largos y articulados que pueden llevar hasta 300 pasajeros con piso bajo, wifi, aire acondicionado, calefacción e insonoridad”, detalla Bernater.

Es por esta abismal diferencia que el sueño de la Asociación Amigos del Tranvía no se detiene en la mera conservación del pasado, sino que apunta al futuro: concientizar sobre la necesidad de reinstalar este medio de transporte ecológico, ordenado y eficiente en las calles de la Argentina.

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