El monumento a Azcuénaga en Plaza Primera Junta cumple años.

El 31 de diciembre de 1910, último día del Año del Centenario, se inauguró con apuro pero con firme intención patriótica el monumento a Miguel de Azcuénaga en la Plaza Primera Junta, en el corazón del barrio de Caballito. A más de un siglo de aquel acontecimiento, la obra sigue en pie como testimonio tangible de la memoria histórica y el devenir urbano de Buenos Aires.

Un tributo postergado

El proyecto original, impulsado como parte de los homenajes que el gobierno nacional decidió realizar ese año para conmemorar el primer centenario de la Revolución de Mayo, preveía que cada integrante de la Primera Junta tuviera su monumento. Se pensó inicialmente que Cornelio Saavedra, presidente de aquella Junta, sería homenajeado en la Plaza Primera Junta. Sin embargo, tras idas y vueltas, su monumento fue finalmente ubicado en la Avenida Córdoba, mientras que Miguel de Azcuénaga fue destinado a este espacio de Caballito.

Azcuénaga, militar y político, fue uno de los vocales de la Junta Grande de 1810. El escultor francés Enrique Cordier fue el encargado de inmortalizar su figura en bronce, en una estatua que alcanza los 6,50 metros de altura. La base de granito sostiene la escultura del prócer, erguido en actitud solemne, rodeado por dos altorrelieves de gran valor simbólico: uno que representa al pueblo congregado frente al Cabildo el 25 de mayo de 1810, y otro que muestra a Azcuénaga recibiendo donaciones para la expedición al interior, gesto que lo vincula con la causa patriótica más allá del campo de batalla.

Un lugar con historia

La Plaza Primera Junta ya tenía peso simbólico propio antes del monumento. En sus orígenes, era la única plaza del barrio de Caballito y funcionaba como parada de carruajes y jinetes que circulaban por el antiguo Camino Real (hoy Avenida Rivadavia). En 1893 fue oficialmente denominada como Plaza Primera Junta y en 1908 fue reinaugurada con una medalla conmemorativa que reforzaba su vínculo con la gesta de Mayo.

El emplazamiento original del monumento fue en la parte más ancha de la plaza, sobre Rivadavia, mirando hacia la calle Rojas. Sin embargo, en 1927 fue desplazado a su ubicación actual para dar paso a una techumbre destinada a las paradas de tranvías, que por entonces constituían el principal medio de transporte urbano.

El entorno del monumento también fue mutando: el 14 de julio de 1914 se inauguró debajo de la plaza la estación terminal del primer subterráneo argentino, lo que implicó importantes modificaciones en el diseño del espacio público, reemplazando el césped por embaldosado. Décadas más tarde, en 1969, se colocó un mástil con una réplica de la veleta del Caballito —obra del escultor Luis Perlotti—, y bajorrelieves con la locomotora “La Porteña” y la mítica pulpería que dio nombre al barrio.

Más que un monumento

Además de su valor histórico y artístico, la Plaza Primera Junta se ha convertido en un espacio de usos múltiples y cotidianos: punto de encuentro, feria de libros usados y lugar donde muchas mujeres se ofrecen cada mañana como empleadas domésticas, en una postal urbana de trabajo informal que convive con el bronce solemne del monumento.

Las placas del pedestal refuerzan el tono patriótico de la obra. En el frente, se lee:
“LA MUNICIPALIDAD DE BUENOS AIRES A LA PRIMERA JUNTA GUBERNATIVA DE 1810.”
Y en la parte posterior, una evocación más personal:
“AL BRIGADIER GENERAL MIGUEL DE AZCUÉNAGA EN EL CENTENARIO DE SU MUERTE. LA PATRIA AGRADECIDA. 1833 – 19 DICIEMBRE – 1933.”

El intendente en ese entonces era Joaquín S. de Anchorena y el presidente de la Nación, Roque Sáenz Peña, ambos partícipes de una etapa de fuerte impulso conmemorativo e institucional.

Permanencia y memoria

Hoy, el monumento a Miguel de Azcuénaga cumple un nuevo aniversario, recordando no solo al prócer sino también una época en la que el arte y el espacio público fueron vehículos de construcción de identidad nacional. El bronce de Azcuénaga, aunque quizás inadvertido por quienes pasan apurados rumbo al subte o al trabajo, sigue observando la historia desde su pedestal, con la misma mirada firme con que fue fundido hace más de cien años.

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