Hace 60 años nacía en Caballito el tradicional alfajor Jorgito.

El día que Amador Saavedra compró una panadería en la calle Doblas, en pleno corazón de Caballito, seguramente soñaba con amasar su destino. Dueño de una vocación emprendedora, había logrado al fin tener su propio local, ese anhelo clásico de la clase trabajadora argentina que ve en el negocio propio una forma de independencia y futuro. Pero lo que no sabía Saavedra era que entre las medialunas, los bizcochitos y el pan calentito de cada mañana, se escondía el germen de una golosina que marcaría generaciones.
Porque en esa panadería, sin saberlo, Saavedra heredó una receta de alfajores que pronto se volvió la favorita de los clientes. A cada rato llegaba alguien preguntando por “los alfajorcitos esos”, y el mostrador se iba vaciando sin que hiciera falta publicidad. Era un éxito silencioso, de esos que nacen en el boca en boca. Saavedra, atento a la demanda y buen comerciante, no dudó. Poco a poco fue dejando los panificados para concentrarse en los alfajores. El negocio tenía un nuevo rumbo.
En 1960, para dar el salto que necesitaba, se asoció con José “Juan” Fernández, un joven distribuidor de golosinas. La alianza no fue solo comercial, fue también una historia de amistad entre familias. De ese acuerdo nació formalmente la marca Jorgito, que tomó el nombre de una etiqueta que ya existía en la panadería. Junto con el nombre, venía un dibujo simple: un nene sonriente, con jopo rebelde y mirada pícara. ¿Quién era ese chico? ¿Existió? Las versiones son muchas, pero ninguna definitiva. Algunos dicen que era el hijo de un panadero llamado Jorge. Otros creen que fue un diseño anónimo que quedó en el tiempo. Lo cierto es que, 60 años después, su cara sigue intacta, apenas retocada, en millones de envoltorios.
El primer local les quedó chico muy rápido, y la producción se mudó a Parque Patricios, a un predio en Virrey Liniers 2020 donde levantaron la fábrica de alfajores Jorgito. Allí empezaron a producir en mayor escala, aunque todavía de forma artesanal. “Se envolvían a mano, uno por uno”, recuerda Carlos “Cacho” Fernández, hijo de José y actual vicepresidente de la empresa. “Yo iba de chico con mi papá, jugaba con Tony —el hijo de Amador— y nos trepábamos a las cajas. Siempre nos retaban porque aplastábamos los alfajores”, se ríe. Esas cajas, hoy multiplicadas por miles, todavía guardan parte de ese juego inocente de infancia.
Los comienzos fueron humildes. Vendían directamente a escuelas, golosina por golosina. Después vinieron los mayoristas, los supermercados y, en los años noventa, la expansión total: el famoso “maxialfajor”, los conitos y una presencia fuerte en el fútbol y el automovilismo como parte de su estrategia de publicidad. “Fue nuestra época dorada”, afirma Carlos, sin dudar.
En 1994 se mudaron a Boedo, a una planta más grande en la calle Treinta y Tres Orientales, donde siguen hasta hoy. La empresa fue creciendo de la mano de la familia. Ingresaron Carlos y Tony en los años setenta, Patricia —hermana de Carlos— en los ochenta, y más tarde se sumaron cuñados, hijos y sobrinos. Hoy emplean a 250 personas y producen entre 500 y 600 mil alfajores por día. De ese número, el 75% se vende en Capital y el conurbano bonaerense. Jorgito sigue siendo, a pesar del paso del tiempo, un fenómeno profundamente porteño.
Y es que hay algo en Jorgito que excede el sabor. Es más que dulce de leche entre dos tapas: es la memoria afectiva de millones de personas. Es el kiosco del recreo, la merienda en casa de la abuela, el viaje en micro con el alfajor en la mochila, el bolsillo del uniforme escolar. Es una golosina que no necesitó campañas millonarias ni slogans ingeniosos para meterse en el corazón del pueblo. Solo necesitó persistencia, sabor y estar ahí, siempre.
Tal vez por eso, cuando uno pregunta “¿quién es Jorgito?”, la respuesta no importa tanto. Puede ser Jorge, el hijo de alguien. Puede ser un invento. Puede no haber existido nunca. Pero en el fondo, Jorgito somos todos: ese chico que creció en las calles de Caballito, jugando en la vereda mientras su padre amasaba un sueño, ese niño con cara de dibujo que, sin saberlo, se volvió ícono. Ese gusto familiar que resiste, como una postal comestible del barrio.
Hoy, a seis décadas de aquel día en que Amador Saavedra compró su panadería, Jorgito sigue en pie. Fiel a su historia, hecho por manos familiares, sin ceder al paso del tiempo. Porque hay sabores que no envejecen. Y porque, como dice Carlos, a veces hasta ellos mismos se sorprenden del cariño que despierta la marca. “Te das cuenta que es mucho más que un alfajor. Es parte de la vida de la gente”.
![]()