Con mosaicos, objetos donados y cientos de historias personales, la muralista Lilita Baldi convirtió los muros del Hospital Durand en una obra que crece desde hace más de cuatro años. Un archivo afectivo del barrio que sumó una partecita más en las últimas semanas.

Recorrer una obra de arte a veces implica detenerse en un detalle, retroceder, descubrir texturas, encontrar significados y dejarse sorprender por la propuesta. En las paredes exteriores del Hospital Durand, sobre Eleodoro Lobos y Arturo Jauretche, el mural de Lilita Baldi propone justamente el ejercicio de frenar la caminata y destinar un poco de tiempo a reconocer las imágenes que brinda cada fragmento de mosaico y, por supuesto, a conocer las historias que hay detrás.
Es que lo que comenzó como una intervención artística frente a su propia casa terminó convirtiéndose en un recorrido de casi cien metros que reúne homenajes, relatos personales y símbolos compartidos por vecinos, trabajadores de la salud, excombatientes, niños y comerciantes del barrio.
«Yo había hecho el frente de mi casa todo con mosaiquitos, con objetos que la gente me daba, porque había puesto un cartel en la puerta, gracioso, que decía: ‘Todo lo que se le rompa, menos el alma, lo acepto'», recuerda Lilita Baldi. Aquella convocatoria espontánea hizo que comenzaran a llegar platos, espejos, medallas y todo tipo de piezas rotas. «Muchos empezaron a colaborar pensando que estaba loca, otros porque me conocían y sabían que me encanta el arte».
Cuando terminó esa primera obra sintió que todavía quedaba material, pero también una necesidad de seguir creando. Frente a su casa estaban los paredones del Hospital Durand. «Dije: ‘Yo voy a muralear enfrente, porque los paredones del Durand estaban destruidos'».
La autorización llegó luego de casi dos años de gestiones. El proyecto inicial consistía en un homenaje al personal de salud por su trabajo durante la pandemia. La idea era sencilla: un corazón con la inscripción «Gracias, doctor». Sin embargo, el mural tomó otro rumbo casi por azar.
«Venía caminando el barrendero y le dije: ‘Venga, ponga la mano acá’. La dibujé con lápiz y la hice mosaico. Otro que vio la acción me dijo si podía poner la mano. Conclusión, casi 100 manos rodearon a ese corazón. Y se formó como una gran nube de manos rodeando un corazón de distintos referentes de la sociedad».
Desde la vereda de enfrente descubrió que aquella nube de manos parecía la copa de un árbol. Así nació el Árbol de la Vida del Durand, una composición construida con las manos de médicos, enfermeros, barrenderos, religiosos, vecinos, comerciantes y profesionales de distintas actividades. «Cada mano tiene una historia», resume Baldi.
Con el tiempo, las manos dieron paso a otros objetos. Un fotógrafo acercó una cámara de juguete. Un mecánico, una pieza de motor. Integrantes del Turismo Carretera donaron una medalla por los 80 años de la categoría. Cada elemento encontró su lugar en una composición que nunca terminó de cerrarse.
«Estoy armando un tótem barrial», define la artista. «Porque pasan las personas y se encuentran. Apoyan la mano donde la había apoyado su abuelita, encuentran recuerdos familiares».
La pared siguió creciendo hacia la calle Ambrosetti. Allí aparecieron nuevas estaciones de ese recorrido colectivo: el Camino de la Empatía, el Árbol de la Inclusión y el Muro de las Creencias, donde conviven una Virgen de Luján, objetos hebreos, símbolos egipcios, recuerdos familiares y hasta el anillo roto de un vecino metalero.
Las intervenciones también reflejan causas personales que Baldi decidió llevar al espacio público. Hay una composición dedicada a la protección animal y varias referencias a las Islas Malvinas, tema que atraviesa buena parte de su producción.
«Las Malvinas ya las hice cuatro veces», cuenta. Una de esas obras fue realizada junto a excombatientes, cuyas manos rodean el contorno de las islas. Otra ocupa hoy un sector del mural del Durand y sigue incorporando nuevos recuerdos.
La participación comunitaria también llegó al interior del hospital. Convocada por profesionales del área de salud mental infantojuvenil, Baldi realizó murales desde la planta baja hasta el tercer piso e invitó a los propios chicos a dibujar y escribir frases. «Quería que ellos hicieran sus dibujitos y pintaran frases para hacerlos participar», explica.
El tramo más reciente del recorrido está dedicado al Ratón Pérez, inaugurado hace pocas semanas. Allí, la imaginación infantil terminó ampliando nuevamente la obra. Los chicos dibujaron sus propias versiones del personaje y la artista las transformó en murales de pintura y mosaico.
Más tarde llegaron souvenirs de viajes, pequeñas casitas y una diminuta vivienda construida junto al personal de mantenimiento del hospital para que el Ratón Pérez «habite» el lugar. «Los chicos no lo pueden creer cuando llegan y ven la casita. Vienen de noche con linternas para iluminar y ver si encuentran algo ahí arriba adentro».
Autodidacta, Baldi nunca dejó de pintar. Durante años llenó de cuadros su casa, aunque tardó mucho en animarse a sacar el arte a la calle. «¿Cómo puede ser que, siendo abuela, no me anime a largar mi arte?», cuenta. Hoy asegura que seguirá interviniendo cada rincón que encuentre disponible. Ya trabaja en un nuevo mural sobre Malvinas para una pared lindera al Club Ferro Carril Oeste y continúa reuniendo materiales que le acercan los vecinos.
Mientras tanto, el mural del Durand permanece abierto. No porque le falten piezas, sino porque sigue dispuesto a recibir nuevas historias. En sus mosaicos hay decenas de pequeñas biografías que, al reunirse sobre una misma pared, terminan dibujando el mapa íntimo de un barrio.
![]()