El genio silencioso de Juan Martín Maldacena.

En el barrio porteño de Caballito, donde el murmullo del tren Sarmiento se mezcla con el bullicio de la Avenida Rivadavia y el aire a café humeante de las panaderías, nació hace 55 años un chico callado, curioso y profundamente observador. Era de los que no pateaban una pelota en la vereda ni trepaban a los árboles del Parque Rivadavia. A Juan Martín Maldacena le fascinaba mirar cómo funcionaban las cosas. Una radio desarmada, un televisor abierto, una pregunta sin respuesta: ahí estaba él, ensimismado, sumergido ya entonces en un universo que parecía más grande que el propio barrio, más lejano que las torres de Parque Centenario y más profundo que el túnel del subte A.

Hoy es uno de los físicos teóricos más influyentes del mundo. Vive en Princeton, Nueva Jersey, en los Estados Unidos, y trabaja en el Instituto de Estudios Avanzados, el mismo lugar en el que Albert Einstein pasó sus últimos años. La prensa internacional lo bautizó como “el Einstein argentino” y en los círculos académicos su apellido suena tan fuerte como la palabra “universo”.

Pero si se lo busca en los registros escolares del Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE), donde cursó la secundaria, no figura como el mejor promedio ni como el orador de los actos. Su brillo era otro: el de una mente que se encendía cuando las fórmulas y los problemas parecían no tener solución.

Maldacena nació en 1968 y vivió sus primeros años en un departamento modesto de Caballito. Su padre, Luis, reparaba y fabricaba ascensores; su madre, Diana, era maestra. Fue en ese entorno donde empezó a preguntarse cómo funcionaban las poleas, por qué un botón podía encender una luz y qué había más allá del cielo que se veía desde la terraza del edificio. A los doce años ya construía modelos con Rastis que desafiaban la lógica de los manuales. No lo hacía para mostrarlos en las ferias de ciencias. Lo hacía porque no podía dejar de hacerlo.

En una reciente entrevista con Infobae, Maldacena contó en qué trabaja actualmente: “Estoy tratando de entender unas geometrías que se llaman agujeros de gusano, que conectan regiones relativamente distantes en el espacio-tiempo”. Lo dice con la naturalidad de quien habla de unir dos estaciones de subte. Pero detrás de esa frase se esconde uno de los desafíos más profundos de la física moderna: comprender los misterios del tiempo, del espacio y de la existencia.

Juan Martín Maldacena es conocido en el mundo científico por haber formulado, en 1997, la llamada Conjetura AdS/CFT, que conecta dos mundos teóricos hasta entonces incompatibles: la gravedad en espacios curvos y la mecánica cuántica. Fue un hito tan importante que hoy se conoce globalmente como la Conjetura de Maldacena. En términos simples —si algo así puede explicarse de forma simple—, propuso una nueva manera de ver el universo, donde los fenómenos gigantescos como los agujeros negros y los movimientos de galaxias pueden explicarse con la misma lógica que las partículas subatómicas.

Más allá del reconocimiento internacional —que incluye la Medalla Galileo Galilei, el Breakthrough Prize, la Medalla Lorentz y hasta un Doctorado Honoris Causa de la UBA—, Maldacena mantiene una vida alejada del espectáculo y de la grandilocuencia. No da muchas entrevistas, no tiene redes sociales y prefiere hablar de su trabajo más que de sus méritos. Pero cada tanto, su figura vuelve al centro de la escena, como en la última edición de Nerdearla, un evento de tecnología que reunió a más de 200 oradores de todo el mundo, donde participó con una charla por Zoom desde Estados Unidos.

Allí volvió a hablar de su pasión por los agujeros negros, esos lugares del universo donde el espacio y el tiempo parecen colapsar. “En el interior de un agujero negro, el tiempo tiene un final”, explicó. Y agregó que, aunque la teoría de Einstein predice muchas cosas, en esos extremos de la realidad las reglas cambian, y es necesario pensar más allá.

Lo que hizo Maldacena fue precisamente eso: pensar más allá. No solo de lo conocido, sino incluso de lo pensable.

La física no fue su única pasión. También le interesaban la historia, la filosofía y, especialmente, las preguntas sin respuesta. “Me interesaba saber cómo funcionaba la naturaleza”, explicó alguna vez. Su elección por la física vino, entonces, no como una decisión estratégica o profesional, sino como un acto de pura curiosidad.

Después de estudiar en la Universidad de Buenos Aires y en el Instituto Balseiro, partió al exterior, como muchos científicos argentinos que no encuentran en el país las condiciones necesarias para desarrollar su trabajo. Sin embargo, nunca cortó lazos: en 2012 creó el Programa Maldacena para becar estudiantes argentinos interesados en la física, y sigue apoyando la ciencia local.

“Argentina tiene una buena base científica, considerando su economía y población”, dijo recientemente. Pero, como muchos otros científicos, reconoce que el contexto no siempre ayuda: la falta de financiamiento, los recortes en educación, la migración de talentos. En tiempos donde la ciencia parece estar en jaque, su figura se vuelve aún más necesaria.

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