Una historia breve pero curiosa.
En la agitada Buenos Aires de fines de los años 80, una iniciativa buscó acercar los servicios bancarios al espacio público de una forma novedosa. En 1989, el Banco Ciudad inauguró una pequeña sucursal dentro del Parque Rivadavia, sobre la calle Rivadavia, muy cerca del emblemático ombú que aún se conserva allí. El espacio, bautizado por los vecinos como el “Minibanco”, contaba con una superficie de apenas 58 metros cuadrados, construidos en hormigón armado, y fue pensado para facilitar el cobro de impuestos y servicios públicos.
Como complemento, en uno de sus laterales se instaló un local de la editorial EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires), sumando así una función cultural a esta peculiar construcción en medio del parque.
Sin embargo, la experiencia fue efímera. A tan solo un año de su apertura, en 1990, el banco cerró sus puertas debido a los altos costos operativos y la escasa rentabilidad del punto. La estructura quedó abandonada durante un tiempo, deteriorándose progresivamente.
En un intento de darle una nueva utilidad, el lugar fue cedido por la Municipalidad de Buenos Aires al Grupo de Espeleología Argentina (GEA), una organización no gubernamental fundada en 1980, dedicada al estudio y preservación de grutas, cavernas y otras cavidades naturales. Durante un tiempo, la sede funcionó como base para sus actividades, pero esa etapa también fue breve: al cabo de un año, el edificio volvió a quedar en desuso.
A mediados de los años 90, el deterioro del espacio y su inactividad llevaron al Municipio a decidir su demolición. Sin embargo, no faltaron voces críticas ante esa decisión. Diversas instituciones y vecinos propusieron conservar la estructura y reconvertirla en un centro cultural u otro espacio de uso comunitario. A pesar de estos reclamos, en septiembre de 1997, el pequeño edificio fue finalmente demolido.
Así terminó la corta, pero singular historia del “Minibanco” del Parque Rivadavia, una propuesta que intentó conjugar servicios públicos, cultura y espacio verde, pero que no logró sostenerse en el tiempo. Hoy, es un recuerdo más del cambiante destino del patrimonio urbano porteño.
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