Un ícono centenario en el corazón de Caballito.

En el barrio de Caballito está uno de los mercados gastronómicos con más historia de Buenos Aires. El Mercado del Progreso abrió sus puertas el 9 de noviembre de 1889 y, a más de 130 años de su inauguración, sigue siendo un espacio vital para los vecinos y para toda la ciudad. Mucho más que un lugar de compras, el mercado es un punto de encuentro, un rincón de la ciudad donde el pasado y el presente conviven a diario.

A lo largo de su historia, el Mercado del Progreso fue testigo de la evolución del barrio y de la vida cotidiana de sus habitantes. Hoy alberga 17 negocios a la calle y 174 puestos interiores, distribuidos en 3600 metros cuadrados: una superficie tres veces mayor que la original. Sin embargo, a pesar del crecimiento, mantiene su espíritu de antaño. Muchos de los puestos aún son atendidos por descendientes directos de los primeros puesteros: nietos, bisnietos y hasta tataranietos que heredaron no sólo el oficio, sino también el compromiso con la calidad y la atención personalizada.

Si hay un lugar que respira historia y tradición en Buenos Aires, ese es el Mercado del Progreso. Ubicado en la esquina de Rivadavia y Del Barco Centenera (antes llamada Silva, por el arroyo que pasaba por allí), su arquitectura de hierro, ladrillo y mármol fue toda una innovación para la época. Su diseño respondía a criterios de higiene y funcionalidad: un pabellón central con cuatro naves y dos galerías laterales, sin paredes para permitir una mejor ventilación, y amplios espacios que favorecían la circulación del aire y la limpieza, condiciones inéditas para el siglo XIX.

En sus primeros años, el mercado contaba con 53 puestos. La carne se vendía exclusivamente en el pabellón central, el de mejor ventilación, mientras que en las galerías se instalaban puestos de frutas, hortalizas y pescados frescos, estos últimos sobre grandes tablas de mármol con fuentes de agua corriente. También había almacenes al frente y viviendas en el nivel superior. Los carros de reparto ingresaban por Rivadavia, Silva o el Pasaje Coronda, en ese entonces una calle interna de servicio.

Con el paso del tiempo, el mercado se adaptó a los cambios sin perder su esencia. En 1894, tras una serie de reformas, se realizó una emotiva reapertura, recordada por los vecinos por el gesto de su entonces propietario, Santiago Cangallo, quien donó carne a las familias más necesitadas. En los años ‘20 se incorporaron cámaras frigoríficas, y entre 1929 y 1930 se reformó la fachada con elementos Art Decó, combinados con detalles clasicistas. Fue en ese momento cuando se colocó el icónico reloj y el cartel con el nombre del mercado, que aún hoy se conservan.

Durante las décadas del ’50 y ’60 el mercado atravesó distintas etapas de administración, hasta que en 1957, en medio de una crisis, los puesteros se asociaron con la familia propietaria para formar una sociedad anónima y adquirir el predio. Desde entonces, gestionan el espacio colectivamente, asegurando su continuidad y su esencia.

En la década del ‘70, una renovación cubrió la fachada original con placas de aluminio en tonos marrones, beige y naranja, ocultando los detalles históricos del edificio. Años después, esa intervención fue revertida, devolviendo al mercado su aspecto clásico. Uno de los agregados más recientes son los murales de la artista plástica Mónica Corrales, que retratan escenas de la historia del barrio y del mercado, sumando arte y memoria a sus paredes.

Hoy, el Mercado del Progreso es un faro gastronómico para los vecinos de Caballito, pero también para muchos chefs y visitantes que recorren sus pasillos en busca de productos frescos y de calidad. Frutas y verduras nacionales o importadas, carnes seleccionadas, embutidos artesanales, frutos de mar, panadería, vinotecas, pizzerías y bares: la oferta es tan amplia como diversa, combinando lo moderno con lo tradicional.

A pesar de tener fama de ser más caro que otros mercados, quienes lo visitan coinciden en que la calidad de la mercadería lo justifica. Y eso se nota: en cada mostrador, detrás de cada puesto, hay una historia familiar, una receta heredada, un vínculo que trasciende lo comercial.

Desde el año 2001, el Mercado del Progreso fue declarado Sitio de Interés Cultural por el Gobierno de la Ciudad, reconociendo su valor patrimonial y social. No es solo un lugar donde se compra comida: es una cápsula del tiempo que sigue latiendo con fuerza en el corazón de Buenos Aires.

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